Como docente, ¿prefieres los cursos intensivos o los extensivos?

Los cursos de ELE que he impartido hasta ahora pueden dividirse en dos grupos en cuanto a «la intensidad»: cursos de veinte horas semanales en los que cada lunes cambiaban los grupos (bien porque algunos alumnos habían acabado su curso, bien porque otros empezaban, bien porque se mezclaban grupos) y en los que la docencia era compartida, y cursos trimestrales de tres o cuatro horas semanales.

horario_extensivos

De estas dos modalidades, me quedo con la segunda, aunque, en realidad, creo que me quedaría con una tercera en la que no tengo experiencia: cursos anuales (un año académico, aproximadamente nueve meses) de entre tres y seis horas semanales.

Creo que la mayoría de las características de los cursos extensivos que hacen que me decante por ellos tienen que ver con el componente afectivo: por ejemplo, es más fácil que se cree una buena conciencia de grupo y una buena cohesión; que se afiancen la relación y la confianza entre estudiantes y entre estudiantes y profesor; que haya un mayor y mejor conocimiento mutuo (de los alumnos como personas y como estudiantes y del profesor como persona y como docente), y que se haga un buen seguimiento del proceso de aprendizaje de cada alumno en particular y del grupo en general.

Por otro lado, algunas de mis razones son prácticas, como por ejemplo el hecho de que en los cursos extensivos tengo más tiempo para disfrutar de la preparación de las clases, de reflexionar sobre ellas, etc., o el hecho de poder llevar a cabo actividades que se extiendan en el tiempo y que se desarrollen mediante diferentes soportes y en diferentes espacios.

Y tú, como docente, ¿prefieres los cursos intensivos o los extensivos? ¿Por qué? Te agradezco de antemano que contestes la siguiente encuesta y/o que dejes un comentario para darnos tu opinión.

¡Gracias!

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Dos profes y un destino

El verano pasado trabajé en Enforex, donde tuve a varios grupos que seguían cursos intensivos de veinte horas semanales (aunque con diferentes duraciones). Esas veinte horas se repartían entre dos docentes: uno se encargaba de las dos primeras horas de cada día y el otro de las dos últimas.

En teoría este sistema fomenta la colaboración entre profesores, pero en la práctica eso es muy relativo y, como casi todo en esta vida, depende. En este caso, dependía de con quién compartieras grupo, y a mí me tocó trabajar básicamente con dos tipos de profesores:

– Con unos había cierto intercambio de información: cada día establecíamos qué íbamos a hacer más o menos cada uno al día siguiente y hasta qué página del libro «podíamos» llegar cada uno (teníamos que seguir un manual).

– Con otros, ese intercambio de información se limitaba a unas hojas de clase que debíamos rellenar obligatoriamente: el profesor encargado de las dos primeras horas, bien el día anterior al acabar su clase o bien al llegar el mismo día a la escuela, cogía de un cajón las hojas de clase de su aula, en las que se encontraba un esquema que explicaba muy brevemente qué había hecho el otro profesor en las dos últimas horas; el segundo profesor se encontraba las hojas en la mesa del aula directamente, como mucho quince minutos antes de empezar sus dos horas con ese grupo, y en ellas leía la información referente a lo que habían hecho durante las dos primeras horas de clase.

A mí, profesora con muy poca experiencia, ambos intercambios de información me resultaban insuficientes. En ambos casos sentía que me estaba perdiendo muchas cosas, al no saber exactamente cómo habían trabajado los contenidos, cómo se había desenvuelto cada alumno… Y en el segundo caso, además, se añadía el estrés que me producía, cuando yo era la profesora de las dos últimas horas, preparar la clase del día siguiente sin tener ni idea de qué pensaba hacer el otro profesor en las dos primeras horas.

Creo que este sistema funcionaría mejor si el intercambio de información entre los dos profesores encargados de un mismo grupo fuera mucho mayor, pero entiendo que, por falta de tiempo y/o de interés, esto no siempre es posible. También considero que quizá otra posible solución al problema sería que los roles de cada profesor estuvieran más delimitados: en un curso que hice en Irlanda (de inglés, como alumna), también teníamos dos profesores que compartían libro, pero con uno de ellos trabajábamos gramática, léxico, pronunciación y funciones (durante las dos primeras horas del día) y con el otro las destrezas (durante las dos últimas horas).

Por otro lado, entiendo que para los alumnos puede ser bueno tener dos profesores, básicamente por dos motivos: porque tienen la posibilidad de ver dos formas de hacer y de ser diferentes, con el enriquecimiento y el estímulo que ello supone, y porque, en caso de que no tengan demasiado feeling con uno de los dos profesores, al menos saben que no lo tienen durante las cuatro horas. Y esto mismo también se aplica a los profesores: no con todos los grupos conectamos igual, y puede que con alguno nos resultara más difícil trabajar esas cuatro horas diarias.

¿Tú has trabajado alguna vez en condiciones similares? ¿Cómo valoras la experiencia?

¡Saludos!

«Los mejores viajes son los que no se planean»

Se suele decir que los mejores viajes son los que no se planean. Trasladando la cita al aula, y sin ánimo de desmerecer la para mí imprescindible planificación, hoy voy a hablar de un concurso que improvisé con un grupo y que hizo que todos pasáramos un buen rato.

Era un grupo de A2 y el manual, en el apartado dedicado a la estructura «qué + sust. + más / tan + adj. (+ verbo)», incluía el cuento de La Caperucita Roja.

Después de comprobar si todos conocían el cuento y de ver cómo se llamaba en otros idiomas ―acabamos hablando de La Cenicienta y dándonos cuenta de que en algunos idiomas, como en alemán, el nombre (Aschenputtel) también viene de ceniza (Asche)―, hicimos una lectura dramatizada del cuento, imaginando que éramos cuentacuentos ante un grupo de niños (me pareció mejor ese escenario que el de un padre contándole el cuento a su hijo, porque todos los alumnos eran muy jóvenes).

Primero les leí yo el cuento, para que se fijaran en la entonación, el ritmo… Ellos eran los supuestos niños que escuchaban el cuento. En general, les hizo gracia oírme contándoles el cuento y, en especial, les gustó el final («¡Para comerte mejor! ¡Aaaaaagggh!»). A continuación, cada uno leyó para sí mismo o en voz baja el cuento y, por último, contaron el cuento entre todos (cada uno una frase). Una vez más, hubo reacciones ante el final del cuento, así que se me ocurrió hacer un concurso del mejor lobo feroz. Quien quisiera participar ―participaron todos con mucho entusiasmo, incluso una chica que era muy tímida―, solo debía entonar ese final del cuento. Uno a uno, hicieron sus interpretaciones y, a continuación, cada uno escribió en un papel el nombre del compañero que creían que lo había hecho mejor.

Hicimos el recuento de votos (todos fueron para la misma chica, excepto el suyo, porque no se votó a sí misma) y le dimos un merecidísimo aplauso a la ganadora, entre risas y comentarios positivos sobre el ejercicio. La ganadora me comentó, bromeando, que aparte de su diploma del curso quería su diploma del concurso. Le dije que al día siguiente se lo llevaría y… dicho y hecho: Nadja obtuvo su diploma, hablamos de la expresión «lo prometido es deuda» y volvimos a recordar un momento divertido de la clase.

Diploma al mejor Lobo Feroz de la clase

¿Tú recuerdas alguna improvisación con la que tú y tus alumnos hayáis disfrutado?

¡Saludos!

¿Por qué soy profesora de ELE?

Un poco de historia, de mi historia

Mi historia.

Si bien es cierto que de pequeña, en el colegio, tuve una época en la que pensé que de mayor sería profesora, con los años esa idea se me fue de la cabeza.

En la universidad estudié Traducción y, después, trabajé como traductora y correctora durante varios años, hasta que la crisis me envió al paro y me hizo plantearme un cambio de rumbo profesional.

Tenía ganas de desempeñar un trabajo en el que trabajara con personas y en el que estuviera implicada la lengua, pues me apasiona descubrir el funcionamiento de un idioma, así que enseguida lo vi claro: quería enseñar mi lengua. A pesar de lo difícil que me parecía enseñar y de lo dificilísimo que me parecía enseñar una lengua, estaba ilusionadísima con el nuevo reto.

Después de varios cursos de formación y de algunas experiencias profesionales, he llegado a la conclusión de que no podría haber elegido mejor aquel cambio de rumbo profesional, pues el trabajo es muy gratificante.

¿Y qué es lo que me gusta de esto?

Una de las cosas que más me gusta de mi trabajo es que haciéndolo disfruto y aprendo: mientras preparo las clases, mientras las doy, mientras reflexiono sobre ellas… Para mí, la docencia es como la lectura: te da la oportunidad de viajar a millones de rincones «sin moverte del sofá». Gracias a mi trabajo como profesora, constantemente aprendo cosas sobre las personas, sobre cómo pensamos, sobre cómo sentimos, sobre cómo nos relacionamos, sobre cómo entendemos el mundo… y a la vez, intento aportar mi granito de arena para que otros aprendan también acerca de todo eso, y para que aprendan, claro está, a comunicarse en una lengua que no es la suya, a ampliar sus emociones, porque la lengua es comunicación y la comunicación, emoción. En ese sentido, te dejo con un vídeo que me encanta: «Comunicación, emoción y sueños», de Javier Cebreiros. Espero que te transmita tanto como me transmite a mí cada vez que lo veo, y que de algún modo te sea útil:
Y tú, ¿cómo llegaste a tu profesión y qué es lo que más te gusta de ella?

Encuesta: ¿con qué niveles disfrutas más?

Esta encuesta es para profesores de lengua extranjera o segundas lenguas. Me gustaría saber si hay niveles en los que os sentís más a gusto y más motivados que en otros. En mi caso, nunca he dado clases de C1 ni de C2 (me encantaría), y del resto de niveles, creo que cada uno tiene algo que lo hace especial y que depende mucho del grupo, pero en mi corta experiencia, coincide que los grupos con los que más he disfrutado han sido de A2 (seguidos por grupos de B1 y de B2, y cerrarían la clasificación los de A1).

Al contestar a la pregunta, puedes seleccionar una respuesta o varias. También tienes la opción de escribir tu propia respuesta y de dejar un comentario en esta entrada.

¡Muchas gracias por tu participación!

Así se reparten los 70 primeros votos:

2014012-¿con qué niveles disfrutas más¿70

Me gusta que un porcentaje considerable de los votos haya ido para «cada nivel tiene algo especial que me hace disfrutar» :-). Por otro lado, la mayoría de respuestas se reparte entre «generalmente disfruto más con B1 y B2», «generalmente disfruto más con A2» y «depende mucho del grupo». Una de las personas que disfruta con los grupos de A1 ha especificado que estos grupos le gustan mucho porque es donde ve los progresos más rápidamente. Por último, de las personas que han participado hasta el momento, solo una ha indicado que generalmente disfruta más con C1 y con C2. ¿Cambiará esto con futuras participaciones? ¡Ya lo veremos!

Bueno, pues los porcentajes no han variado mucho con los 30 votos siguientes, que suman 100:

20140116-¿con qué niveles disfrutas más¿100votos

¡Saludos!