Feliz, feliz en tu día… (cumpleaños en clase de ELE)

Desde el principio del trimestre que iba a compartir con aquel grupo hubo una idea que me rondó la cabeza: llevar a clase el tema de cómo se celebran los cumpleaños en España, así que preparé una sesión sobre ello.

Para empezar, al llegar a clase los alumnos se encontraron con un montón de calendarios de bolsillo encima de las mesas. Cada uno eligió uno (había cuatro o cinco modelos diferentes) e hicimos estos ejercicios.

Como ese mismo día era el cumpleaños de uno de los alumnos, Sabi (yo ya lo sabía, y había programado la sesión para ese día a propósito), otro comentó que Sabi el próximo día nos tenía que traer un pastel, y yo les dije que yo había traído uno de mentira (era un trozo de plastilina blanca con forma de minipastelito en un plato pequeño).

Había preparado velas (con todos los números del 0 al 9, aunque ya sabía que el cumpleañero cumplía 40, pero por si faltaba a clase y acababa soplando las velas otra persona; y además, aunque no faltara, me parecía bien que quien colocara las velas en el pastel tuviera que seleccionarlas) y un mechero (mi mechero era la segunda opción, por si preguntaba si alguien tenía y nadie tenía).

Entre todos explicamos «el ritual» del pastel, que seguimos paso a paso. Todos estaban muy sonrientes y motivados. Antes de cantar el «Cumpleaños feliz» —les hizo mucha gracia tener la letra en castellano para poder cantarlo—, vimos que existía en todos los países de los alumnos (en la India lo cantan en inglés), y escuchamos a una alumna cantárnoslo en ruso y a otro en árabe.

Un cumpleaños en clase de ELE

Cuando pregunté qué hace el cumpleañero mientras sopla las velas, una alumna dijo «a wish…», y pregunté si alguien recordaba cómo se decía eso en castellano (lo habíamos visto en la sesión anterior), y varios dijeron «deseo».

Después, hicimos un ejercicio de comprensión lectora e interacción oral.

Para acabar, introdujimos otra costumbre de cumpleaños (tirar de las orejas) a través de la unidad 10 del libro Todo oídos, de la editorial Difusión. Primero aclaramos vocabulario relacionado con las actividades (anécdota, choque cultural, presentador/a y oyente), y les pregunté por cosas que les chocaran a ellos de nuestra cultura o que les hubieran chocado cuando llevaban poco tiempo aquí. Una chica comentó que se le hacía muy raro que nos pasáramos el día «hola, guapa», «adiós, guapa», «vale, guapa»… y «dándonos besos con todo el mundo».

Y con esos besos me despido. ¡Besos para todos! 😉 Y feliz día :-).

Dos profes y un destino

El verano pasado trabajé en Enforex, donde tuve a varios grupos que seguían cursos intensivos de veinte horas semanales (aunque con diferentes duraciones). Esas veinte horas se repartían entre dos docentes: uno se encargaba de las dos primeras horas de cada día y el otro de las dos últimas.

En teoría este sistema fomenta la colaboración entre profesores, pero en la práctica eso es muy relativo y, como casi todo en esta vida, depende. En este caso, dependía de con quién compartieras grupo, y a mí me tocó trabajar básicamente con dos tipos de profesores:

– Con unos había cierto intercambio de información: cada día establecíamos qué íbamos a hacer más o menos cada uno al día siguiente y hasta qué página del libro «podíamos» llegar cada uno (teníamos que seguir un manual).

– Con otros, ese intercambio de información se limitaba a unas hojas de clase que debíamos rellenar obligatoriamente: el profesor encargado de las dos primeras horas, bien el día anterior al acabar su clase o bien al llegar el mismo día a la escuela, cogía de un cajón las hojas de clase de su aula, en las que se encontraba un esquema que explicaba muy brevemente qué había hecho el otro profesor en las dos últimas horas; el segundo profesor se encontraba las hojas en la mesa del aula directamente, como mucho quince minutos antes de empezar sus dos horas con ese grupo, y en ellas leía la información referente a lo que habían hecho durante las dos primeras horas de clase.

A mí, profesora con muy poca experiencia, ambos intercambios de información me resultaban insuficientes. En ambos casos sentía que me estaba perdiendo muchas cosas, al no saber exactamente cómo habían trabajado los contenidos, cómo se había desenvuelto cada alumno… Y en el segundo caso, además, se añadía el estrés que me producía, cuando yo era la profesora de las dos últimas horas, preparar la clase del día siguiente sin tener ni idea de qué pensaba hacer el otro profesor en las dos primeras horas.

Creo que este sistema funcionaría mejor si el intercambio de información entre los dos profesores encargados de un mismo grupo fuera mucho mayor, pero entiendo que, por falta de tiempo y/o de interés, esto no siempre es posible. También considero que quizá otra posible solución al problema sería que los roles de cada profesor estuvieran más delimitados: en un curso que hice en Irlanda (de inglés, como alumna), también teníamos dos profesores que compartían libro, pero con uno de ellos trabajábamos gramática, léxico, pronunciación y funciones (durante las dos primeras horas del día) y con el otro las destrezas (durante las dos últimas horas).

Por otro lado, entiendo que para los alumnos puede ser bueno tener dos profesores, básicamente por dos motivos: porque tienen la posibilidad de ver dos formas de hacer y de ser diferentes, con el enriquecimiento y el estímulo que ello supone, y porque, en caso de que no tengan demasiado feeling con uno de los dos profesores, al menos saben que no lo tienen durante las cuatro horas. Y esto mismo también se aplica a los profesores: no con todos los grupos conectamos igual, y puede que con alguno nos resultara más difícil trabajar esas cuatro horas diarias.

¿Tú has trabajado alguna vez en condiciones similares? ¿Cómo valoras la experiencia?

¡Saludos!

«Los mejores viajes son los que no se planean»

Se suele decir que los mejores viajes son los que no se planean. Trasladando la cita al aula, y sin ánimo de desmerecer la para mí imprescindible planificación, hoy voy a hablar de un concurso que improvisé con un grupo y que hizo que todos pasáramos un buen rato.

Era un grupo de A2 y el manual, en el apartado dedicado a la estructura «qué + sust. + más / tan + adj. (+ verbo)», incluía el cuento de La Caperucita Roja.

Después de comprobar si todos conocían el cuento y de ver cómo se llamaba en otros idiomas ―acabamos hablando de La Cenicienta y dándonos cuenta de que en algunos idiomas, como en alemán, el nombre (Aschenputtel) también viene de ceniza (Asche)―, hicimos una lectura dramatizada del cuento, imaginando que éramos cuentacuentos ante un grupo de niños (me pareció mejor ese escenario que el de un padre contándole el cuento a su hijo, porque todos los alumnos eran muy jóvenes).

Primero les leí yo el cuento, para que se fijaran en la entonación, el ritmo… Ellos eran los supuestos niños que escuchaban el cuento. En general, les hizo gracia oírme contándoles el cuento y, en especial, les gustó el final («¡Para comerte mejor! ¡Aaaaaagggh!»). A continuación, cada uno leyó para sí mismo o en voz baja el cuento y, por último, contaron el cuento entre todos (cada uno una frase). Una vez más, hubo reacciones ante el final del cuento, así que se me ocurrió hacer un concurso del mejor lobo feroz. Quien quisiera participar ―participaron todos con mucho entusiasmo, incluso una chica que era muy tímida―, solo debía entonar ese final del cuento. Uno a uno, hicieron sus interpretaciones y, a continuación, cada uno escribió en un papel el nombre del compañero que creían que lo había hecho mejor.

Hicimos el recuento de votos (todos fueron para la misma chica, excepto el suyo, porque no se votó a sí misma) y le dimos un merecidísimo aplauso a la ganadora, entre risas y comentarios positivos sobre el ejercicio. La ganadora me comentó, bromeando, que aparte de su diploma del curso quería su diploma del concurso. Le dije que al día siguiente se lo llevaría y… dicho y hecho: Nadja obtuvo su diploma, hablamos de la expresión «lo prometido es deuda» y volvimos a recordar un momento divertido de la clase.

Diploma al mejor Lobo Feroz de la clase

¿Tú recuerdas alguna improvisación con la que tú y tus alumnos hayáis disfrutado?

¡Saludos!

Experiencia con el corto «Los gritones» en clase de ELE (A1)

Hoy quiero compartir contigo mi experiencia con el corto Los gritones con un grupo de A1.

La explotación original es de Agapito Floriano Lacalle, y puedes encontrarla aquí. En esta explotación se trabajan muchos contenidos, pero yo los reduje considerablemente cuando llevé el corto a clase.

El corto me encanta: menos de un minuto y medio que puede dar lugar a una participación muy interesante en clase, como sucedió en mi caso, aunque debo confesar que unos días después llevé al aula exactamente la misma propuesta con otro grupo y el resultado fue totalmente diferente.

Y después de esta introducción, aquí tienes el corto:

Aquí mi propuesta (versión reducida y adaptada de la original):

– Ficha para el alumno

– Guía didáctica y comentarios sobre la experiencia en clase

Y aquí un collage con algunas imágenes de la sesión:

¿Qué te parece? ¿Te gusta el corto? ¿Lo has llevado alguna vez a clase? ¿Te gustaría llevarlo? Cualquier comentario o sugerencia será bienvenido/a (y muy agradecido/a) :-).

¡Muchas gracias!

Antonio Orta: creatividad y autenticidad a raudales

(Foto de acastrillejo en Flickr: clic sobre la foto.)

(Foto de acastrillejo en Flickr: clic sobre la foto.)

La primera vez que vi a Antonio fue en mayo de 2013, durante las IV Jornadas de Difusión para profesores de ELE en Madrid. Su charla, titulada «La interacción genuina en el aula de ELE: curiosidad, creatividad y autenticidad», fue para mí, una recién llegada al mundo de la docencia de ELE, una gran fuente de inspiración. En apenas una hora, Antonio me regaló una dosis enorme de energía positiva, utilísimos consejos  y sabias reflexiones.

En cuanto tuve la oportunidad, puse en práctica algunas de las cosas que había aprendido con él, por ejemplo la de relacionar la entonación y la expresión facial con el significado. Creo que cuando se explicita esta relación, recordar un significado resulta infinitamente más fácil que cuando no. He utilizado este recurso, entre otras cosas, para ayudar a alumnos de A1 a ordenar de más positivo a más negativo las expresiones «Me encanta», «Me gusta mucho», «Me gusta», «No me gusta mucho», «No me gusta» y «No me gusta nada». Algunos alumnos se sorprenden, y a algunos les hace gracia (o sienten vergüenza ajena), cuando me ven gesticulando o entonando «de manera exagerada», pero a esos mismos alumnos los he visto haciendo memoria y reflejando en su cara el gesto correspondiente para ayudarles a recuperar la expresión adecuada.

Aunque es cierto que, como comentaba al principio, la conferencia en las Jornadas fue la primera vez que lo vi (y la única que lo he visto en persona), en cierto modo ya lo conocía un poco de antes, pues había leído dos libros en los que ha colaborado (Soy profesor/a. Aprender a enseñar, vol. 1 y 2, de Encina Alonso), y en los que sin duda dejó algo de su esencia. Del segundo volumen es el rap de los participios irregulares que adapté y llevé a clase con varios grupos. En este documento podéis ver la versión original y mi adaptación (modifiqué el texto ligeramente para incluir dos verbos más).

Y la última ocasión en la que he coincidido con él ha sido en un curso avanzado para profesores de español, en el que Antonio era el tutor de la asignatura de español para fines específicos, en la que pude comprobar, una vez más, que es un profesor excelente.

Para acabar, os dejo con este decálogo, que intenta resumir lo mucho que he aprendido de Antonio Orta. Y, aunque como mejor se disfruta de un artista es en directo, os dejo también con un vídeo para que los que lo conozcáis podáis volver a disfrutar un ratito con él si os apetece, y para que los que no lo conozcáis podáis haceros una idea de cómo es, de cómo enseña, de cómo transmite: http://www.youtube.com/watch?v=77xspAfZ31Y. (Nota: el vídeo dura la mitad de lo que marca que dura. Cuando acaba vuelve a empezar.)

¡Saludos!

«Capicúa»

El corto Capicúa y aspectos positivos y negativos de las profesiones

Cuando vi el corto Capicúa por primera vez, ni trabajaba como profesora de ELE ni había trabajado nunca (solo tenía formación), pero tuve claro que si algún día conseguía ejercer, quería llevarlo al aula, pues me pareció muy buen material para trabajar en clase.

Así que en mi primera experiencia como profesora, inspirada por el corto y por la unidad 6 del manual Gente 1 de la editorial Difusión («Gente que trabaja»), preparé una pequeña explotación didáctica para el corto.

Llevé a cabo esta propuesta con un grupo de nueve inmigrantes adultos de distintas nacionalidades residentes en España y bastante heterogéneo en cuanto a edades, niveles, bagajes, etc.

Cuando trabajamos la secuencia, ya habíamos presentado y practicado vocabulario relativo a las cualidades que hay que tener para ciertas profesiones y aspectos positivos y negativos de algunos trabajos, así como las expresiones me encantaría, me gustaría, no me gustaría nada

A continuación, puedes descargar estos tres archivos:

– «Ficha para el alumno»: el material listo para repartir a los alumnos.

– «Guía para el profesor»: el paso a paso del docente, con comentarios (en azul) sobre aspectos más detallados y sobre cómo me funcionó a mí cada parte.

– La transcripción del corto, que incluye también dos direcciones de internet donde poder verlo de nuevo.

¿Conocías el corto?

¿Te parece buen material para la clase de ELE? Yo creo que se puede llevar al aula con buenos resultados en todos los niveles.

Y lo más importante: ¿quieres hacer alguna observación sobre mi propuesta, alguna pregunta o proponer algo nuevo?

¡Muchas gracias!

¿Por qué soy profesora de ELE?

Un poco de historia, de mi historia

Mi historia.

Si bien es cierto que de pequeña, en el colegio, tuve una época en la que pensé que de mayor sería profesora, con los años esa idea se me fue de la cabeza.

En la universidad estudié Traducción y, después, trabajé como traductora y correctora durante varios años, hasta que la crisis me envió al paro y me hizo plantearme un cambio de rumbo profesional.

Tenía ganas de desempeñar un trabajo en el que trabajara con personas y en el que estuviera implicada la lengua, pues me apasiona descubrir el funcionamiento de un idioma, así que enseguida lo vi claro: quería enseñar mi lengua. A pesar de lo difícil que me parecía enseñar y de lo dificilísimo que me parecía enseñar una lengua, estaba ilusionadísima con el nuevo reto.

Después de varios cursos de formación y de algunas experiencias profesionales, he llegado a la conclusión de que no podría haber elegido mejor aquel cambio de rumbo profesional, pues el trabajo es muy gratificante.

¿Y qué es lo que me gusta de esto?

Una de las cosas que más me gusta de mi trabajo es que haciéndolo disfruto y aprendo: mientras preparo las clases, mientras las doy, mientras reflexiono sobre ellas… Para mí, la docencia es como la lectura: te da la oportunidad de viajar a millones de rincones «sin moverte del sofá». Gracias a mi trabajo como profesora, constantemente aprendo cosas sobre las personas, sobre cómo pensamos, sobre cómo sentimos, sobre cómo nos relacionamos, sobre cómo entendemos el mundo… y a la vez, intento aportar mi granito de arena para que otros aprendan también acerca de todo eso, y para que aprendan, claro está, a comunicarse en una lengua que no es la suya, a ampliar sus emociones, porque la lengua es comunicación y la comunicación, emoción. En ese sentido, te dejo con un vídeo que me encanta: «Comunicación, emoción y sueños», de Javier Cebreiros. Espero que te transmita tanto como me transmite a mí cada vez que lo veo, y que de algún modo te sea útil:
Y tú, ¿cómo llegaste a tu profesión y qué es lo que más te gusta de ella?